Gracias por continuar.
Capítulo 6
Hoy escribiré sobre mis amistades.
Oscar Carmona, el Pichuchi. Empiezo con él porque fue ese amigo especial que uno siempre tiene, el confidente. Y por esas confidencias supongo que yo también fui su amigo especial. Siempre estábamos juntos. No sé por qué dejó de estudiar ya que era un joven muy inteligente. Cuando teníamos alguna platica nos retábamos para ver quien comía más, casi siempre empatábamos. Una vez compramos un exprimidor y un ciento de naranjas cada uno; el exprimidor consistía en un embudo como un dedal grande que se introducía en la naranja por el ojo u ombligo, ésta se exprimía y el aparatico de aluminio se iba llenando de jugo. La apuesta consistía en el que comiera más en menos tiempo; pues nos fregamos porque las naranjas no alcanzaron. En otra ocasión compramos cien mangos de puerco cada uno para comerlos con cuchillo, esa vez le gané, él apenas llegó a ochenta. Una vez fuimos a una paja (ojo, quiero decir monte o potrero) con una totuma, cuchillo y sal, nos subimos a un palo de mango, bajamos mangos verdes y los cortamos hasta llenar las totumas, luego les rociamos sal y ¡marica el último!
Cuando regresé de censar salí a comprar ropa y él me acompañó, llegamos a la plaza del barrio Balboa y tropezamos con un muchacho que vendía morcillas (morcillas monterianas, de pura sangre, no de cucayo como las que venden en otras partes) casi nos comimos toda la palangana.
Éramos muy románticos y soñadores. Nos acostábamos en el piso de la virgencita del barrio de noche a ver las estrellas, a hablar de las chicas, de nuestra pobreza y de que íbamos hacer cuando tuviéramos plata. Nos gustaba leer mucho novelitas de vaqueros de Marcial La Fuente Stephania, Keith Luger y otros. Lo hacíamos tan frecuentemente que al final nos retábamos a quien mejor escribiera una. Recuerdo que él siempre escribía un párrafo que decía: le metió una bala entre ceja y ceja y cayó cuan largo era.
Me gustaba su firmeza de carácter, su auto confianza; cuando se prometía algo lo conseguía y si tenía que meter su lengua, es decir hablar, no había poder humano que se resistiera. Cuando estábamos en la esquina reunidos en la noche, lo veíamos llegar y comentábamos: allá viene el Pichuchi, la madre para el que le preste plata o le dé cigarrillo. Él llegaba, saludaba y a poco rato lo veíamos salir agarrando del brazo a alguien que llevaba aparte, luego regresaba con alguna moneda en el bolsillo y fumando y el otro bobo riendo
Cuando regresé de censar salí a comprar ropa y él me acompañó, llegamos a la plaza del barrio Balboa y tropezamos con un muchacho que vendía morcillas (morcillas monterianas, de pura sangre, no de cucayo como las que venden en otras partes) casi nos comimos toda la palangana.
Éramos muy románticos y soñadores. Nos acostábamos en el piso de la virgencita del barrio de noche a ver las estrellas, a hablar de las chicas, de nuestra pobreza y de que íbamos hacer cuando tuviéramos plata. Nos gustaba leer mucho novelitas de vaqueros de Marcial La Fuente Stephania, Keith Luger y otros. Lo hacíamos tan frecuentemente que al final nos retábamos a quien mejor escribiera una. Recuerdo que él siempre escribía un párrafo que decía: le metió una bala entre ceja y ceja y cayó cuan largo era.
Me gustaba su firmeza de carácter, su auto confianza; cuando se prometía algo lo conseguía y si tenía que meter su lengua, es decir hablar, no había poder humano que se resistiera. Cuando estábamos en la esquina reunidos en la noche, lo veíamos llegar y comentábamos: allá viene el Pichuchi, la madre para el que le preste plata o le dé cigarrillo. Él llegaba, saludaba y a poco rato lo veíamos salir agarrando del brazo a alguien que llevaba aparte, luego regresaba con alguna moneda en el bolsillo y fumando y el otro bobo riendo
con él.
Le gustaba piropear mucho aunque solo le conocí una novia oficial. Estábamos reunidos en la esquina cuando pasó una chica recién mudada en el barrio siguiente, el Pichuchi enseguida se le pegó y sé fue siguiéndola, luego regresó y empezamos a burlarnos de él, pues todos sabíamos que él era un espanta jopo, o sea, como el dicho que dice: perro que mucho ladra poco aprieta. Él se molestó y nos juró a que se levantaría a la chica. Así que todas las tardes esperábamos. La chica se molestó y en últimas le mentaba la madre, lo maldecía y le decía hasta de qué iba a morir; nosotros muertos de la risa. Para sorpresa nuestra, como a los quince días vemos pasar al Pichuchi de brazo con la chica.
El Pichuchi era burlón y mamador de gallo hasta el fastidio; no practicaba ningún deporte ni los entendía, lo único donde era medio bueno era jugando a las tapas (checas) Éramos muy aficionados al cine.
Cuando me vine para Cartagena no le dije nada, pero yo no tenía maletas, así que fui a la tienda a comprar una. Ahí estaba él con Blas y cuando me oyó solicitar por una caja de cartón me dijo: ¿Huy, como que vas a viajar, para dónde vas, para Cartagena?
Él gustaba de trabajar y ver el billete rápido y bastante. Se metió a vender un remedio hecho de harina de plátano y que, según él, servía para todo; se iba para los pueblos y cuando regresaba traía plata en efectivo, pagos en gallinas, pavos y cuanta cosa pudiera vender después.
Yo estaba ya en Barranquilla y una tarde se me presentó para que le diera alojamiento. Le colaboré y al día siguiente consiguió trabajo como fotógrafo callejero de telescopios, unas fotos pequeñas dentro de un cubito plástico y una lámina de aumento. Con eso hizo mucha plata y a la semana consiguió que la droguería Olímpica del paseo de Bolívar con la 41, la más importante y popular en ese momento, le alquilara un lugarcito dentro, donde montó su oficina. Le fue muy bien, pero así malgastaba en trago y mujeres. Él fue uno de los pioneros de este sistema de fotografía callejera en Barranquilla, yo lo acompañaba a veces a bares y cabaret a tomarles fotos a las chicas en cuanta pose ellas se inventaran.
Recién casado fui a Montería con mi esposa, él lo supo y llegó hasta donde mi hermana para invitarme y hacerme una atención. En ese entonces ya estaba en su bonanza. Me llevó a cuarenta sitios diferentes, donde durábamos el tiempo necesario para tomarnos una cerveza y presentarme sus amigas del lugar. Bueno, era el rey del camino. Hasta el presente no sé de la suerte de mi amigo.
El resto del grupo para mí todos eran iguales y estaba conformado por Alfredo De Oro, Blas Pérez, Andrés Martínez y Antonio Tirado, que éramos los más efectivos. A veces se nos unían Rafael y Daniel. Los sábados íbamos al barrio La Granja a bailar y vacilar, con los pesos de Alfredo y del Ratón, quien también manejaba algún billete puesto que sus padres estaban muy bien; reuníamos para comprar ron blanco que mezclábamos con gaseosa para hacerlo rendir. Tomábamos ron blanco “tres trompá” porque era lo más barato, ya que una cerveza era todo un lujo. A la dos, más o menos, regresábamos.
Mi mamá me tenía mucha confianza porque pocas veces me regañaba por estas salidas, el único que tenía problemas a la llegada era Alfredo, quien entre otras cosas se emborrachaba con mucha facilidad. Como él era el que más aportaba para el ron teníamos que atenderlo adecuadamente. Para ello, dejábamos plata para una gaseosa de la más dulce, así que antes de llegar le dábamos la gaseosa y a veces hasta le dábamos vueltas para que vomitara y se le pasara la pea. Como los papás se molestaban por estas borracheras se mudó para donde la abuela y cuando lo llevábamos allá lo sosteníamos en la puerta y le decíamos: Alfredo cuando tu abuela abra la puerta, vas derechito a tu cuarto y no molestes. Y así lo hacía, llegamos hasta fingir la voz de él para confundir a la abuela. Fue el primero de nosotros que consiguió mujer, una señora como 10 años mayor que él y con hijo; siempre le gustaron las mujeres mayores.
De todos ellos hace rato que no se nada. Blas también emigró a Barranquilla a trabajar fotografía ambulante, varias veces nos vimos pero ya no era igual, en una ocasión lo visité en su casa, después supe que le dio una trombosis y quedó muy mal, no lo visité por no saber la dirección, tampoco lo he visto más.
En 1.963 hubo un censo de población y dos amigos míos del barrio, Blas Pérez y Cabarcas fuimos como empadronadores al municipio de Montelíbano, Córdoba, y nos tocó en la zona rural por el río San Jorge arriba. En Montelíbano pernoctamos por unos quince días mientras llegaban los papeles del censo y el dinero de los viáticos. Esos días los pasamos en las cantinas viendo jugar billar y escuchando música, pues no había nada más que hacer. En ese entonces este pueblo tenía más cantinas y casas de citas en la cuadra que casas de familias decentes. Un día el alcalde arrestó a todas las prostitutas y las encerró en el patio de la alcaldía y se formó un problema grande, pues estas mujeres se alborotaron y arrebataron de tal manera que tuvieron que soltarlas. Cuando uno pasaba por ahí, ellas se levantaban la falda y se bajaban las pantaletas “ven acá niño que tenemos que trabajar”. Nos decían.
El río San Jorge debe ser el río que corre más rápido en el mundo, si usted nada en él debe tirar brazo rápido y con fuerza si quiera avanzar un poco hacia arriba. Al fin zarpamos en una canoa que también era la canoa más larga del mundo. Viajamos río arriba. Si usted ha escuchado el refrán: “más largo que un día en canoa” créame que eso es cierto, yo lo comprobé, fue todo un día que viajamos, desde las 7 de la mañana hasta las 7 de la noche, no tanto porque remontábamos corriente sino porque cada 15 o 20 minutos teníamos que remar con los brazos hacia la orilla para colocarle el pasador al motor fuera de borda porque se salía cuando el motor tropezaba con un bagre (pez de río) Nunca supe que en otro río existieran tantos peces de este tipo; hoy día el río solo lleva basuras.
Yo tenía cierto temor de llegar al sitio de destino porque estando en Montelíbano, un domingo en la mañana, llevaron a un tipo herido de muerte de allá a dónde íbamos. Le habían dado un machetazo en forma diagonal en la cara y traía el rostro partido en dos. Lo llevaron en la ambulancia de entonces en esos lugares, que consistía en una hamaca con un palo atravesado por los cabezales y transportado en hombros; también nos contaron que tuviéramos cuidado porque todos los agentes del gobierno que entraban en esa zona no volvían a salir.
Resulta que en una hacienda, un grupo de colonos había matado al dueño y a todos sus familiares y peones y se repartieron las tierras, así que cuanto investigador entraba lo mataban. Era una hacienda muy grande, creo que un cuarto o la mitad del municipio.
Nos habíamos separado para cubrir la zona más rápidamente y quedamos en encontrarnos más adelante. Yo llegué al pueblo llamado El Perro, un sábado 19 de julio. Luego de dejar mis cosas en la casa hospedaje me invitaron a un baile, fui pero no quise tomar un trago por aquello del cuento. Al día siguiente, 20 de julio, me invitaron a la mesa de honor para presidir el desfile escolar por la plaza del pueblo, al lado del señor corregidor y la maestra de la escuela que eran las máximas autoridades. Luego fuimos a almorzar y en la tarde vimos un partido de fútbol contra un equipo de otro pueblo. Por supuesto que yo pedí me dieran un chance de jugar y esto fue la apoteosis, me aplaudieron como si hubieran visto al mismísimo Pelé, pero en miniatura. Al día siguiente me dediqué a censar y terminé al mediodía. En la tarde me pidieron que les diera unas prácticas a los jugadores, cosa que hice de mil agrados ante mucha gente. Al otro día partí con despedida de autoridades y muchos muchachos agradecidos de lo poco que les enseñé de fútbol.
Posteriormente me reuní con mis compañeros en la hacienda Palo Quemao. Llegamos como a las cinco de la tarde y me tocaba a mí censar el personal. Era el campamento principal de la hacienda con unas 30 personas y la casa tenía alrededor muchos árboles de mango de toda clase y tenían tantos mangos que se veían a montones por el suelo. Traíamos hambre, así que mis compañeros se dedicaron enseguida a comer y recoger mangos. Cuando yo terminé de censar era de noche y escasamente recogí unos 20 mangos, pero ellos tenían guardados como 50 cada uno. Comimos y nos acostamos; como a las nueve empezó un tremendo aguacero que se extendió casi toda la noche. A eso de las 11, Blas se levantó con cólicos y se metió al baño de la casa a ensuciar. De pronto se escuchó un alboroto de gallinas espantadas y los gritos de Blas. Resulta que esa gente tenía un baño con inodoro y todo, pero lo hacían en el monte. El inodoro estaba ocupado por una gallina clueca como con 15 huevos y el resto del baño era igual, así que Blas se cagó a la gallina y todos los huevos. Como a las doce de la noche otra vez los cólicos, lo acompañé detrás de la casa y cagó por todo el alrededor. Después llamamos al capataz porque este tipo seguía peor, él supo de los mangos y mandó preparar un lavado, el problema fue hacer que Blas aceptara dejarse meter semejante cánula como de 20 cm.
Nos fuimos muy temprano por dos razones, una porque el siguiente campamento estaba muy lejos y la otra para estar precisamente lejos cuando se dieran cuenta que Blas le cagó las gallinas. Además, estábamos pendientes del cuento de los investigadores.
Posteriormente llegamos a otra hacienda y nos prepararon de desayuno una bandeja de madera como de 40 cm de largo por unos 25 de ancho y unos 10 de fondo repleta de chicharrones, yuca y plátano. No nos acompañaron a la mesa ni tampoco dijeron si ellos iban a comer de ahí. El caso es que cada uno cogió sus dos chicharrones y chuletas y nos quedamos esperando, como no apareció nadie decidimos darle mate al resto. No nos dijeron nada pero solo una persona salió a despedirnos, o a constatar que nos habíamos ido. No lo supimos.
En otra finca en la que también me tocó censar a mí, encontré tres chicas muy hermosas, la mayor de 17 años blanca, delgada y carita de virgen, la segunda de 15 años, trigueña, muy fornida y una piel muy suave y limpia, la tercera 14 años, blanca y muy bonita. Mis compañeros se habían atrasado como medio día porque Cabarcas se cayó en una zanja al resbalar por el barro flojo del terreno llovido, se dobló el tobillo y Blas tenía que auxiliarlo. Censé a las tres niñas y como los papas no estaban hasta el mediodía, hablé un buen rato con ellas. Sé que no me lo creerán, pero la chica mayor me propuso que me la llevara porque yo le había gustado mucho, que ella sabía hacer de todo. Yo le expliqué en lo que andaba y que lo pensaría ¡Que tentación!
Porque de verdad era muy bonita y aunque delgada tenía unas piernas gruesas. Pero me impactó más la segunda por su risa tan franca, el color de su piel y su tersura. Llegaron mis amigos y tuvimos que irnos, yo les conté y me respondieron que regresáramos y que nos lleváramos las tres. A veces mi grupo de amigos, como los otros también, hacíamos maldades que generalmente consistían en el robo de frutas de casas vecinas y fincas cercanas. Como ya dije, el techo de las casas del barrio era un vaciado continuo para cuatro o seis casas. Uno de los primeros vecinos nuestros tenía una venta de guineos, gajos que colgaba en la cocina que era más alta que el techo, de manera que nos íbamos por el techo y nos cogíamos los guineos maduros. Al día siguiente escuchábamos las maldiciones del señor contra los que le robaron sus guineos.
El señor Tito Cabrales tenía un palo de ciruela en el patio y en época de cosecha perdía sus noches tratando de pillarse a los pelaos que se robaban las ciruelas. Muchas veces hasta sus propios hijos comían de esas ciruelas pues le pedían a uno.
Frente al antiguo aeropuerto San Jerónimo había una finca que tenía un naranjal y cuando estaban abriendo la avenida circunvalar nos íbamos hasta allá y nos hartábamos de naranjas, en ocasiones nos correteaban hasta con escopetas. Cerca del barrio había una finca que tenía una o dos hectáreas sembradas de plátanos y mangos, hasta allá íbamos a robar mangos. Esto no estaba bien, pero nosotros solo cogíamos los mangos suficiente para hartarnos montados en el árbol y unos cinco o seis para comer en el camino, pero había personas que robaban por sacos para después venderlos. Es esta la razón por la cual correteaban a uno. Ellos se daban sus mañas, por ejemplo, por donde uno cruzaba la cerca de alambre para entrar, colocaban muchas ramas, así que uno entraba con cuidado, pero cuando nos correteaban era tanto el miedo que a muchos capturaban enredados en las ramas. El castigo, lo más seguro, era una buena limpia. Pero a mi hermano Eduardo y unos amigos de él los pillaron, los llevaron a un corral de ganado, le dieron a cada uno un balde y una pala y los pusieron a limpiar el corral sacando la boñiga que, comentaba él, les llegaba a los tobillos. Después de sacar suficiente boñiga los llevaron a un cuarto repleto de mangos y les dijeron que podían comer todo los mangos que quisieran, así que comieron hasta ya no más, luego empezaron a guardar en los bolsillos y dentro de las camisas, pero llegó el capataz de la finca y les dijo: ¡coman todo el mango que quieran pero no pueden sacar ni uno! Esa finca tenía mango de todas las clases y en cosecha caían tantos al suelo que para poder caminar había que apartarlos para no destriparlos, nunca había visto tantos mangos en mi vida.
Cerca de esta finca había una ciénaga donde solíamos ir de pesca, ahí capturábamos mojarras y moncholos. Un primo lejano de nosotros, de Cartagena, Marcos Bernal, era muy aficionado a la pesca y yo muchas veces lo acompañaba a pescar con varita. Este tipo de pesca siempre me gustó, el problema era que él se metía hasta agua a la cintura y yo quedaba en vainas. Pescábamos muchas mojarras, aunque me llevaba mi susto con las babillas que también eran numerosas. Yo les veía la trompa a unos tres metros de mí y enseguida se hundían. Regresábamos a la casa con varias ensartas de mojarras, tantas que mi mamá a veces se molestaba porque a ella le tocaba entonces arreglarlas.
También iba solo a pescar al río, por las piedras; casi no cogía mayor cosa pero me distraía mucho. Yo creo que pescar es el mejor ejercicio mental que pueda hacer uno. Pescando una vez más abajo del puente y del otro lado, había capturado como ocho cachanitas que ensarté en un alambre, las amarré de una raíz y las dejé dentro del agua para que no se dañaran, ya me iba y cuando meto la mano para sacarlas algo chapoteó y enseguida me paré y vi una cosa de color negro brillante de unos diez cm de diámetros que se deslizaba sobre la raíz y duró pasando como unos 10 segundos, yo creo que ese cuerpo como de culebra, media más de cuatro metros. No le vi ni cabeza ni cola, solo cuerpo. En ese mismo lugar, pero ahora acompañado, un día sentí que algo picó y por el tirón que dio y la fuerza con que se movía sabía que era algo grande. Tiré de la vara y lo que pesqué casi me cae encima, salí corriendo. Mi compañero, Cabarcas, se dio cuenta y acudió en mi ayuda pues yo no me atrevía a quitarle el anzuelo a esa cosa, tenía como un metro de largo, el cuerpo liso y brillante entre negro y gris, con una aletica que parecía una culebra a lo largo del abdomen. Me dijo que eso era una anguila. Ese día saqué siete y las dejé colgadas de un palo. Conté eso a Marcos y me dijo que eso se comía, se le cortaba la cabeza y la parte más delgada de la cola y que era muy sabrosa.
Cierto día Cabarcas me invitó a pescar al basurero, donde botaban la basura al río; ese día pesqué como 40 barbules; demoraba uno más tiempo poniendo la carnada y desenganchando el barbúl que este en picar. Regresé muy contento, pues bastante falta que hacían en la casa.
Cierto día Cabarcas me invitó a pescar al basurero, donde botaban la basura al río; ese día pesqué como 40 barbules; demoraba uno más tiempo poniendo la carnada y desenganchando el barbúl que este en picar. Regresé muy contento, pues bastante falta que hacían en la casa.
El río Sinú y el San Jorge en ese tiempo tenían muchos peces. Recuerdo que para diciembre y Enero, cuando había subienda de bocachico, se compraban a tres por veinte centavos, grandes como de dos libras cada uno, pero eso empezó a desaparecer; llegaron los inconscientes de siempre, los que piensan que ellos no más tienen derecho y acabaron con el pescado. En ese entonces también se pescaba con atarraya y trasmayo (chinchorro) pero solo en subienda y los peces pequeños eran devueltos al río. Un día fui a una playa a comprar pescado. Ahí concurrían muchos pescadores y compradores, ese día no había nadie, solo vi una montaña de bocachico como de dos metros de alto, como una volquetada de tierra. Desde entonces empecé a escuchar que la pesca estaba disminuyendo.
Mi suegra, la señora Ana, me contaba que recién casada vivió con su esposo en Magangué y que cuando se desbordaba el río su casa quedaba como medio metro debajo del agua y que había tantos peces que si se tiraba una olla de seguro sacaban un bocachico. Posteriormente otra persona me aseguró que eso era verdad. Hasta hace pocos años en La Dorado y Honda en el interior del país, veíamos por televisión gente sobre piedras cogiendo bocachicos en el río. Ahora en este río solo se coge un zapato viejo o un muerto (que no ahogado) y si se baña en él, seguro que pesca pero una infección de padre y señor mío.
Capítulo 7
Mi llegada a Barranquilla
Antes de hablar de mi vida profesional como electrónico, de mis fracasos y mis logros, hablaré de mis estudios, de mi preparación. Ya comenté de mis estudios y de cómo me fue en la primaria. También dije que fui un buen estudiante, no porque estudiara mucho, sino porque tenía una memoria privilegiada, bastaba con tomar el cuaderno, leer las lecciones anteriores, y listo para responder al día siguiente.
No le dedicaba mucho tiempo a eso. En cambio me gustaba leer mucho; Mi hermano Lelis nos regaló una enciclopedia titulada “Sopena”, más bien un diccionario enciclopédico de dos tomos como de 30 X 15 por una tres pulgadas de grueso. Yo creo que me leí los dos tomos. Lelis quizás no sabe qué regalo tan maravilloso nos dio, porque Eduardo y Eira, estoy seguro, también le sacaron provecho.
No le dedicaba mucho tiempo a eso. En cambio me gustaba leer mucho; Mi hermano Lelis nos regaló una enciclopedia titulada “Sopena”, más bien un diccionario enciclopédico de dos tomos como de 30 X 15 por una tres pulgadas de grueso. Yo creo que me leí los dos tomos. Lelis quizás no sabe qué regalo tan maravilloso nos dio, porque Eduardo y Eira, estoy seguro, también le sacaron provecho.
Unos vecinos, la familia Cabrales, tenían una enciclopedia y a veces aceptaban prestar uno de los catorce tomos que la conformaban. Yo los leía íntegros con mucha avidez. De verdad que el nombre estaba bien puesto “Tesoros de la Juventud”, en ese entonces claro está, porque ahora se llamaría “Problemas para la juventud”. También era un asiduo lector de la revista “Selecciones”, muy buena y como dice Jaime mi cuñado: “la universidad de los pobres”.
Cuando pasé a la Normal me fastidié un poco porque no asimilé el cambio y eso que tuve entrenamiento en la Anexa sobre el cambio de profesores. Pero más que eso, por lo que bajé la guardia fue por el fútbol, mi gran pasión. Yo salía de clases a la 1 PM y desde esa hora hasta las cuatro, jugaba ping pong, luego venían las prácticas con mi equipo de fútbol y después los partidos de recocha. Total, casi me daban las 6 PM o las 7 PM, pues nos quedábamos refiriendo cuentos. Por supuesto, ya no bastaba con solo leer las lecciones anteriores. En el primero (sexto grado) me fue bien, pero en el segundo regular.
Eduardo también fue un buen estudiante, lo mismo que Eira, ellos terminaron pero yo en los dos años que estuve en la Normal demostré que era bueno. Fundé un periódico, de cartelera pero lo hice, participaba en cuanto torneo deportivo tuviera la Normal, siempre fui el representante del curso al consejo estudiantil en donde hasta tuve la oportunidad de disputarle la presidencia a mi hermano. En fin, fui muy popular.
Cuando llegué a Cartagena me di cuenta que estaba en un colegio de nivel muy inferior en todo: los alumnos, profesores e incluso la institución. Era un colegio privado. Sin embargo me dediqué de lleno a mis estudios de electrónica, de lo cual son testigos las murallas y el estadio Pedro de Heredia, cuyas desoladas graderías deben recordarme mucho.
Todos los meses recibía una mención honorífica que se daba al mejor alumno del mes en cada curso. Lo malo es que siempre me botaban por falta de pago. Todavía me están esperando. Comentaré una anécdota en este colegio Politécnico de Bolívar:
Un día nos citaron al patio porque el director y dueño del colegio nos iba a hablar. El edificio era un caserón ruinoso del siglo 18, de dos pisos y de madera. El patio tenía como 10 X 10 metros y estaba repleto de alumnos. El director era un tipo muy alto, flaco y mirada severa, voz vibrante. Todo un dictador vestido de blanco con saco y corbata. Yo estaba muy acalorado y me fui para una sombrita y me recosté a una pared.
-¡Oiga, joven! ¿Está muy cansado?
-No señor, el sol está muy caliente y desde aquí lo escucho bien.
-¡Pase a la dirección!
-Sí señor, como usted diga.
No fui a la dirección, me fui para la casa y a ellos como que se les olvidó la cosa. Imagínese, viniendo de la Normal. Allá se respetaba pero también nos respetaban.
Nunca tuve intención de ser maestro. Estando en Cartagena pude estudiar el bachillerato en el Liceo de Bolívar donde se me ofreció cupo a cambio de que jugara fútbol y rechacé la oferta.
En Barranquilla me dediqué a mi trabajo y a tratar de superarme cada vez más y nunca se me ocurrió pensar que si terminaba mis estudios secundarios tendría más opciones. Así pasó el tiempo. Después de casado y con hijos lo intenté capacitándome para validarlo, pero mi esposa también quiso hacerlo y así, salir a estudiar en grupo era un problema por sus celos. No me presenté a las pruebas nacionales y hasta ahí llegó la intención. Cuánto me hubiera gustado estudiar derecho, es decir, abogacía.
Mi profesor de electrónica en Cartagena, Álvaro Hollman, me había estado entrenando para instructor, para que trabajara con él en su Instituto en Barranquilla. Así fue que llegué a esta ciudad en noviembre de 1.966, un día después de haber terminado mis estudios de electrónica. Tenía yo 18 años.
Al día siguiente en mi primera clase los alumnos se rebelaron porque yo era un alumno igual que ellos. Realmente fue un grupo liderado por un tal Charris, tipo que siempre me guardó una antipatía gratuita, porque desde ese día creo que quedó ardido conmigo. De manera que hablé con doña Georgina, la esposa del profesor Hollman y con los alumnos. Les pedí que aceptaran una sola hora de clase y si después aún seguían opinando lo mismo, yo renunciaba.
Al terminar la clase el señor Charris se quedó solo, con uno o dos compañeros más. Realmente el problema era que se sentían incómodos pues ellos eran mayores que yo. Pero les demostré que yo era capaz. Yo sabía full teoría de electrónica pero nunca había hecho prácticas, así que me dediqué a estudiar con los instrumentos del instituto por las noches ya que me quedé viviendo allí.
Trabajé ahí tres años. El sueldo no era mayor cosa y me retiré porque realmente no me sentía satisfecho, no tenía la oportunidad de explotar lo que había estudiado, me estaba era estancando pues ya había televisores y yo ni siquiera conocía uno. Así que hablé con el dueño de un almacén y taller y le expliqué mi situación, él me comprendió y me dio la oportunidad de trabajar en la sección de radio por las tardes.
Ahí adquirí mucha práctica en radio y ganaba algunos pesos más.
En esos días un alumno me propuso que trabajara con él en un taller que su cuñado le montaría en casa de él. Por eso renuncié en el Instituto donde ya tenía una atmósfera bastante pesada. Me fui con el alumno. El taller quedaba en el barrio Las Palmas, pero ahí estaba un señor de apellido Meza que se las “llevaba” todas. Pasábamos los días mirando pasar los carros, no llegaba ni un trabajo. Para agravar mi situación me enfrenté a un problema que no había analizado: ¿dónde iba a dormir?
El Instituto Electrónico estaba en el cuarto piso del antiguo edificio Napolitana, calle 36 con carrera 41. En el mismo piso vivía una familia y quedaba el juzgado de menores y la oficina de un contador. El tercer piso lo ocupaban dos familias y algunas aulas del Ateneo Técnico Comercial que también ocupaba el segundo piso. Todo este tiempo del taller yo iba a dormir en la azotea de este edificio pues conservaba la llave de entrada. Pero se dieron cuenta y eso me apenó mucho, además, mi hermano Eduardo estaba trabajando ya en el Ateneo.
Él había llegado días antes y yo le recomendé se presentara en ese colegio. Había llegado Eduardo a Barranquilla, según me contó, con unos amigos a secuestrar un avión para irse a Cuba.
Me tuve que ir a dormir a otro lado. En ese entonces yo nunca había visto a nadie dormir en un sardinel, a menos que fuera un demente. Es más, a los que sorprendían durmiendo en la banca de un parque, lo más seguro era que amaneciera en una comisaría.
En la esquina de la calle 36 con carrera 40 y diagonal al almacén Ley en Barranquilla, había otro almacén que vendía vestidos para novias y tenía una terraza en forma de media luna muy amplia. Yo llegué ahí una noche en que deambulaba sin tener donde llegar y me puse a charlar con los celadores de los edificios aledaños, les expliqué mi situación y me ayudaron. Me consiguieron unos cartones y unos periódicos. Tendí mis cartones, me arropé con los periódicos y a dormir. Ellos vigilaban por si venia una patrulla. Si así era, me llamaban para que no me vieran acostado ahí.
Así pasé un buen tiempo, el problema era que debía esperar como hasta las once de la noche ya que en ese entonces el centro tenía mucha actividad hasta tarde: heladerías, restaurantes, teatros y familias viendo vitrinas. De manera que yo como que fui el primer gamín en Barranquilla.
Posteriormente Eduardo consiguió alquilada una pieza en un edificio frente al Ley y me mudé con él. Ahí le fue mal a mi hermano pues un día se levantó muy temprano a bañarse y dejó la puerta sin seguro, yo dormía y no sentí que entraron y le robaron toda la ropa que le había traído la lavadora el día anterior.
Ya tenía amores con Lucila (mi esposa) y me había mudado de donde Eduardo. Dormía entonces en “Residencias Juanchito”, un burdel de mala muerte en “la calle del crimen” (calle 32 con carrera 39) La dormida me costaba entonces doscientos pesos, pero tenía que esperar hasta casi media noche cuando ya no hubiera clientes. Las camas eran inmundas, un hueco por aquí y otro por allá, una loma por aquí y un resorte acullá. Sin sábana sobre el colchón ni mucho menos para taparse; Además, tenía que llevar periódicos, no
para taparme como antes, sino para tapar los posos de espermatozoides que quedaban en el colchón y así no mojarme las costillas.
Un día leyendo el Heraldo vi un aviso solicitando un técnico electrónico; le conté a la señora de la casa quien muy contenta me regaló el pasaje del bus. Llegué al lugar, una oficina frente al Sena del centro. Presentamos exámenes ocho personas. A los quince minutos entregué el mío. Los revisaron, despacharon a todos y a mí
me dijeron que buscara un jean, camisa manga larga y una chaqueta, pues esa misma tarde iniciaba y tenía que viajar.
Capítulo 8
Mi vida profesional
Intelcom Ltda se llamaba esa compañía y trabajaba en comunicaciones VHF, radiotelefonía. Ganaría $1.300 mensuales. Mi vida cambió, ya podía pagarme una pieza medio decente. En este trabajo aprendí mucha electrónica de telecomunicaciones. Viajaba constantemente a fincas del Cesar, Guajira, Magdalena, Atlántico y parte de Bolívar arreglando radioteléfonos. También me tocaba subir a la Sierra Nevada al Cerro del Alguacil por los lados de Valledupar y a Cerro Kennedy por Santa Marta. Hago un paréntesis aquí para hablar sobre mis viajes a estos lugares.
En el Cerro del Alguacil hay un puesto del ejército (o había) y ahí estaban los equipos repetidores de mi empresa. Para llegar allá sale uno de María Angola, un pueblo ubicado entre Bosconia y Valledupar. Primero se llega a Pueblo Bello, un pueblito muy singular. Su temperatura está entre los 10 y 12 grados. Su singularidad consiste en sus casas y los enseres de éstas, tal parece que el tiempo se hubiera detenido ahí. En todas las casas donde entré vi muebles y adornos por doquier pero se notaba que eran muy antiguos: muebles de madera tallada tipo Luís XV, camas con cabeceras muy altas, espejos enormes de cristal de roca y marcos de mármol, juego de comedores impresionantes. También vi vitrolas en muy buen estado, gramófonos con sus rollos de música funcionando perfectamente. Todo esto me impresionó mucho pero más aún el presentimiento de que las personas que vivían ahí eran simples guardianes de esas cosas.
Primera vez que yo pernoctaba en un lugar frío; en las noches tomaba tres y hasta cuatro vasos de agua de panela con leche caliente y a veces un traguito de aguardiente. La cama tenía cubre lecho, colcha, sobre colcha y sábana; todo eso insuficiente para alguien que solía dormir en calzoncillos. Por la mañana la consabida changua, pues casi todos ahí eran cachacos.
En uno de estos viajes, un empleado del ejército que vivía allí y con quien subía al cerro, me contó que llegaron unos europeos con carros tipo furgón y mucho dinero, se instalaron en la plaza y compraron todas esas cosas, muy bien pagas según dijeron los propietarios.
Según me explicó este señor, ese fue un lugar vacacional donde gentes pudientes del interior del país iban en avionetas a vacacionar allá, pues no había carreteras entonces.
Según me explicó este señor, ese fue un lugar vacacional donde gentes pudientes del interior del país iban en avionetas a vacacionar allá, pues no había carreteras entonces.
Subiendo al cerro presencié un fenómeno natural muy impresionante, la erosión. De la montaña ubicada al frente se desgajó una porción de tierra como de unos 200 metros de largo por unos cien de ancho a juzgar por el hueco que dejó en la falda. El ruido fue ensordecedor y espantoso pero no hubo mucha nube de polvo. El señor me dijo que eso estaba sucediendo hacía ya rato. A mitad del camino hacia el cerro hay una variante que baja a un enorme precipicio, que más bien es un hueco, donde está un pueblo indígena llamado San Sebastián. Yo creo que debe ser la sucursal del infierno, porque solo bajé como doscientos metros y el calor
era insoportable, aunque me dicen que no es tan caliente.
El puesto del ejército debe estar entre 2.700 y 2.800 metros de altura. Las cabañas casi siempre están cubiertas por las nubes. Es muy frío. La primera vez me pasaron cosas curiosas, por ejemplo, me dijeron que la comida estaba servida y que había que comer enseguida. Me demoré unos cinco minutos y ya la carne estaba como chicharrón, los patacones como galletas de soda pero más duros, el arroz como caliche y el jugo, ese sí, bien frío. La primera vez que fui al baño todos los soldados se rieron por el grito que lancé y el brinco que di cuando me senté en el inodoro ¡Que loza tan fría!
En una ocasión me tocó subir al cerro a pie porque el carro del ejército destinado al transporte se había dañado. Afortunadamente el carro me alcanzó a mitad del camino, porque eso de subir montañas es muy extenuante. El día antes de casarme yo estaba en ese cerro y le dije a mi jefe que me bajaría con carro o sin carro. Así que empezamos a bajar ¡Mi madre! Eso sí que es difícil y doloroso para los pies. También, y por fortuna, el carro ya iba en camino. Me comentaron los soldados que ellos salían de Pueblo Bello a las seis de la mañana y llegaban al puesto a las siete de la noche y tomando cuantos atajos podían.
Para bañarse con agua menos fría, ellos bajaban por una cabuya a una quebrada como a 1.500 metros. También me dijeron que allá tenían pastando una burrita.
Cuando me casé llevé a Lucila al Alguacil para que viera tan hermosos paisajes.
A La Sierra Nevada también subí por los lados de Santa Marta a un puesto de la policía que está más arriba de Cerro Kennedy, como a tres mil metros, ahí sí que hace frío. Recuerdo que llevamos como diez botellas de aguardiente y los trabajadores que estaban allá montando una torre nueva, lo tomaban como tinto. Al inicio del ascenso se llega a un pueblito, Minca; después está Cerro Kennedy donde están los transmisores de Inravisión y algunas emisoras y después al puesto de la policía. Ahí cuando usted sale de la caseta enseguida siente como se forma la escarcha en su cara.
Si quiere ver los picos Cristóbal Colon y Simón Bolívar debe madrugar y contar con la suerte de que el día esté despejado, sin nubes y hacerlo antes de que salga el sol, pues cuando éste sale el reflejo es tan fuerte que puede dañarle la vista. Si usted mira hacia Santa Marta puede ver a sus pies la bahía con sus barcos y luces. Yo pensaba: si tiro una piedra desde aquí de pronto puedo hundir un barco. De noche puede ver las luces de Ciénaga y Barranquilla.
Regresando al cuento, en este trabajo aprendí mucho. Me casé y ahí empezaron los problemas otra vez. En primer lugar viajaba mucho y en segundo lugar la quincena sólo me alcanzaba para una semana. Mi jefe me apreciaba mucho y reconocía mi trabajo, pero tenía problemas económicos y no podía aumentarme, así que me vi obligado a renunciar.
Esta empresa conformada por el jefe, mi persona y a veces una secretaria, funcionaba en el mismo local donde funcionaba Inmar Ltda que también se dedicaba más o menos a lo mismo pero en el campo marítimo. Los dos jefes se disgustaron y tuvimos que mudarnos, fue cuando renuncié. Me fui con Inmar y esto no le gusto al jefe anterior que se disgustó para siempre. Yo no lo traicioné, solo que yo no podía esperar más y en Inmar me ofrecieron el doble de sueldo $2.600.
En esta empresa trabajé más comunicaciones, de toda clase; radares, ecosondas, giro compases, radiogoniómetros, etc. También aprendí mucho aquí, pero también llegó un momento en que me sentí mal pago y además, ya esta empresa iba en decadencia. Yo exigía más sueldo porque con el primer trabajo de la primera semana del mes que hiciera, me pagaban dos o tres meses de sueldo.
El jefe mío sabía mucho y me acoplé con él muy bien, tanto que llegó un momento en que si yo no estaba a su lado él no trabajaba. Yo me daba cuenta y me puse a pensar ¿Por qué, si él sabía más que yo, o era que yo había avanzado tanto? Hoy que estoy pasando por lo mismo, lo recuerdo y comprendo. Cuando envejecemos como que se pierden habilidades y velocidad, la vista nos hace perder detalles tan visibles, las manos se vuelven torpes y nos vuelven imprecisos; si uno quiere rendimiento entonces tiene que tomarse más tiempo para no errar. Ahora sé por qué él se sentía tan cómodo y confiado y por qué rendíamos tanto en el trabajo. Yo aportaba los atributos de mi juventud y cuando me embolataba estaba él con su sugerencia precisa y concisa. Ojalá tantos industriales comprendieran tan sencilla simbiosis: juventud y veteranía.
Trabajando para Inmar hice mi primer viaje en barco, de Barranquilla a Cartagena. Fue una experiencia inolvidable y casi la última. Salimos a las 10 PM. Mi compañero era un suboficial de la armada en retiro, quien enseguida se fue al camarote, yo me quedé en el puente de mando observando el radar ya que en eso consistía el motivo de mi viaje. Como a la 1 AM empezó el barco a bambolearse como una totuma de m... agua abajo. Pero se movía tanto que los brazos ya me dolían, se sacudía como el tagadá de la ciudad de hierro. Me fui al camarote y encontré al jefe sentado en la cama. Yo me acosté en una butaca orientada de babor a estribor, o sea, a lo ancho del buque. No pude dormir porque rodaba mucho y ya me estaba pelando la espalda. El ruido de cosas rotas era impresionante. Yo veía que el tragaluz (ventana redonda en los buques) a veces se oscurecía. Por ahí a las 4 AM todo se calmó y el silencio era total. Yo me levanté y me fui para el puente de mando,
estábamos llegando a Cartagena. Esa entrada a Cartagena fue algo espectacular. Los edificios de Bocagrande se veían reflejados en el agua; el contraste de luces de los edificios y las estrellas en el cielo me ofrecieron la vista más hermosa que haya tenido de una ciudad.
Una vez que atracamos (arribamos) fuimos a desayunar y en el comedor nos encontramos con el capitán quien nos comentó que era el segundo temporal que había vivido y que tuvo el temor de que el buque diera vuelta de campana, por lo cual había ordenado al personal de tierra que viajaba trabajando a bordo, se reunieran en cubierta por si tenían que abandonar el buque. Mi jefe, siendo un ex marino, estaba en el camarote conmigo y me decía que todo era normal, que no había problemas. Por lo visto hubiéramos amanecido en el fondo del mar y yo de pendejo creyendo lo que me decían. Resumiendo, diré que ese temporal fue tan bravo que el buque se desmanteló en Cartagena porque quedó demasiado averiado; yo mismo participé desmontando los equipos del puente que habían donado a la Base Naval.
Me retiré de Inmar y empecé a trabajar electrónica doméstica tanto en la casa como a domicilio. La primera semana me fue tan bien que gané como diez veces el sueldo que me pagaban. Pero a partir de ahí empecé a llevar del bulto, pasaban días sin hacer un solo trabajo pues pocas personas me conocían y no tenía teléfono. Poco a poco fui haciéndome a una clientela, hasta que llegó el momento en que me daba el lujo de escoger los servicios que hacía. Yo hacía servicios a domicilio y para no perder tiempo en buses siempre cogía taxi para todas partes.
El trabajo aumentó porque logré que mi vecina y comadre (madrina de mi hijo Carlos) pasara mis llamadas y yo le pagaba la mitad del recibo del teléfono, pues en ese entonces conseguir un teléfono era ganarse una lotería y eso precisamente, una lotería, fue lo que gané en esos días, dos fracciones de la lotería del Atlántico por los que me dieron $83.000. Con eso compré un juego de muebles de sala, un teléfono y una moto. Este vehículo me ayudó enormemente pues atendía más servicios y gastaba menos en transporte. En esa época conseguí también con el Inscredial el apartamento en que aún vivo.
Vivía en casa arrendada en el barrio el Recreo y de ahí nos mudamos a nuestro apartamento. Esta mudada me trajo muchas complicaciones. En primer lugar perdí el teléfono que no pude trasladar y por eso perdí casi toda mi clientela. Arrendé un local en la carrera 44 con calle 55 y ahí me fue pésimamente y quedé otra vez en las tablas. Empecé a vivir momentos angustiosos pues el trabajo prácticamente desapareció. Hablé con un amigo que traía carros de Venezuela -los famosos bolas de hierro- y prometió ayudarme conectándome con un técnico colombiano que vivía allá y estaba necesitando personal capacitado. Vendí la moto para dejar plata en la casa y para mi pasaje, pero con tan mala suerte que en esos días la economía venezolana tuvo un revés y el bolívar cayó de 17 pesos a 2,50, por lo cual desistí del viaje.
Recibí una razón de mi exjefe de Inmar, atendí su llamado y me explicó que la Flota Mercante Grancolombiana estaba necesitando un técnico y que le habían solicitado a él conseguirlo. Así que me envió y me recomendó no fuera a pedir un sueldo muy alto. En ese entonces el salario mínimo estaba en $18.000 mensuales. Esa misma tarde me presenté con el gerente de flota quien me dijo:
Recibí una razón de mi exjefe de Inmar, atendí su llamado y me explicó que la Flota Mercante Grancolombiana estaba necesitando un técnico y que le habían solicitado a él conseguirlo. Así que me envió y me recomendó no fuera a pedir un sueldo muy alto. En ese entonces el salario mínimo estaba en $18.000 mensuales. Esa misma tarde me presenté con el gerente de flota quien me dijo:
-Ya tenemos referencias de usted, así que hablemos de sueldo. Para no entrar en discusión le ofrecemos $45.000 mensuales ¿le sirven?
-Bueno, para comenzar está bien; dije yo.
Enseguida fui donde el jefe de personal y donde el médico; al día siguiente ya estaba trabajando. Comento esto porque es un episodio de mi vida del cual estoy muy orgulloso, profesionalmente hablando. La flota tenía sus oficinas en el muelle con dos ingenieros electrónicos para atender el puerto de Barranquilla, Cartagena y Santa Marta.
En ese entonces el más poderoso gremio económico que ha tenido este país, los cafeteros, estaba iniciando el declive de su apogeo. Recuerdo que en alguna ocasión el ingeniero León me dijo: si quiere tener su plata segura métala en el banco Cafetero, porque si ese banco quiebra es porque el país se jodió.
La flota había comprado unos barcos, creo que seis, y los ingenieros tenían que ir a Polonia a buscarlos. Este viaje duraba entre dos y tres meses ya que tenían que estar allá antes de que botaran el buque (meter al agua) para enterarse de todo lo concerniente a la parte eléctrica y electrónica. Por esa razón necesitaban un técnico, para que sirviera de segundo al ingeniero que se quedaba. Una vez viajando hacia Santa Marta, pregunté al ingeniero por qué no habían encontrado al técnico y me contestó que de Bogotá habían enviado a cinco ingenieros pero no habían dado la talla.
Para un mes de Diciembre un ingeniero estaba en Europa y el otro viajó urgentemente a Panamá porque uno de los buques nuevos, el República de Colombia, se había quedado por un segundo sin timón y casi desbarata una esclusa del canal. Yo me quedé solo en Barranquilla y como era fin de año habían atracado -arribado-como ocho buques a la ciudad y como seis venían con problemas en sus equipos.
Uno de estos buques, Río Amazonas, si mal no recuerdo, traía dos técnicos desde Cartagena arreglando, desde hacía tres días, el transmisor principal de la estación de radio y no habían podido. Yo había arreglado mis trabajos en dos buques, así que salí a ayudarlos. En ese mismo buque había arreglado el radar principal que no presentaba anillos de distancias. Ayudé a los muchachos y les solucioné el problema y me quedaron muy agradecidos.
Llegó el buque Cartagena de Indias y venia sin radar principal desde Miami, donde tres ingenieros de la ITT (la compañía constructora) duraron tres días a bordo y no pudieron arreglarlo, solo arreglaron la computadora. El capitán me vio y me preguntó si me sentía capaz de meterle mano al radar, le contesté que sí y procedí. El daño estaba en un regulador de la fuente, fui al almacén, pedí un módulo nuevo, lo instalé, lo probé y todo OK. El capitán me felicitó y fue cuando me contó lo de los tres ingenieros de la ITT. Envié un mensaje de Navidad a los ingenieros a New York y Europa vía radio (la anterior Internet)
Aprendí mucha electrónica especializada en la flota y gané plata también (a mi nivel, claro está). En la semana iba una o dos veces a Cartagena y/o Santa Marta y en viáticos ganaba tanto o más que el sueldo. Con eso logré arreglar el apartamento y solucionar muchos problemas. Desdichadamente trabajaba eventual y cada mes renovaba contrato. Así que empecé nuevamente a buscar empleo; el ingeniero me daba permiso cada vez que tenía una entrevista porque él me decía que la flota no estaba contratando personal sino más bien estaba liquidando gente.
Yo siempre quise trabajar en una empresa grande. Los sábados cuando pasaba por las canchas deportivas y veía gente de empresas jugando con sus familias sentía envidia. Lo que cuento a continuación fue algo que me ocurrió varias veces.
Alguien que ya no recuerdo, me puso en contacto con el ingeniero electrónico de Monómeros Colombo- Venezolano. Él me contó que los electrónicos de esa empresa se los llevaban para Venezuela otras compañías y por eso no querían contratar más personal, pero que él sí lo necesitaba. Me entrevistó, me examinó y me dijo que yo tenía la preparación que él requería. Me consiguió el formulario y él mismo lo metió. Llegué a la entrevista con el psicólogo y ese desgraciado sin soltar el teléfono de su oreja me preguntó de qué había muerto mi papá. Yo le contesté que del corazón. Dijo que llamara después y hasta el sol de hoy. Hablé con el ingeniero y me dijo que ese maricón siempre les ponía trabas a las personas. Le pregunté por qué le decía maricón y me contestó que porque era marica y le repliqué: y por qué no me lo dijo antes, que yo hubiera hecho algo en la oficina de ese pendejo.
Un vecino, José Mercado, me dijo que él hablaría con un ingeniero de Corelca porque sabía que estaban necesitando electrónicos para el montaje de Termoguajira. Así fue, fui, me entrevistaron, hice exámenes y todo bien; el ingeniero me envío a trabajo social pero ahí me ofrecieron $18.000 mensuales. Le dije a la doctora que no pues mis gastos normales en casa alcanzaban los $28.000.
Cierto día fui al centro comercial Gran Centro a una oficina de la ITT, que estaba instalando centrales telefónicas (conmutadores) en toda la costa y necesitaban técnicos. Me hicieron entrevistas y exámenes, constataron mi experiencia pero el ingeniero me dijo: veo que usted está bien preparado, pero aquí dice que usted es casado y con tres hijos y el sueldo que ofrecemos es para un muchacho soltero.
Me presenté a las oficinas de reclutamiento de Intercor, la empresa que haría la explotación de las minas de carbón del Cerrejón. Conmigo entraron como quince técnicos más a presentar exámenes. Terminado el examen empezaron a llamar para una entrevista con los ingenieros. A los otros los hacían pasar de a dos, a mí me llamaron solo. Me entrevistaron y OK. Nos reunieron y la secretaria dijo que no llamáramos que ella lo haría.
En esos días salí definitivamente de flota y con parte de la liquidación puse en marcha un proyecto que venia planificando hacia buen tiempo, montar mi propia Academia de Capacitación en Electrónica. Unos tres meses después tenía como quince alumnos cuando me llegó un telegrama de Intercor comunicándome que me presentara a las escuelas de entrenamiento vía a Puerto Colombia. Ya estaba embarcado con la Academia y de rabia no atendí ese llamado. Unos tres meses después me enviaron otro telegrama en que me pedían me presentara a la oficina de personal. Tampoco lo atendí ¿A quién le dejaba el negocio de la academia? ¿Cómo les respondería a esos alumnos? No sé si mis argumentos eran válidos pero en ese momento pensaba así. Como un mes después llegó otro telegrama y me dije: voy a presentarme para ver cuál es el cuento. Para sorpresa mía el telegrama decía que mi cargo ya lo habían adjudicado a otro postulante, que gracias. Realmente no sé si perdí la oportunidad de mi vida. Años después hablé con un amigo que sí fue y que ya estaba a punto de jubilarse. Eso me hizo pensar en lo que había decidido en aquella ocasión. En ese momento iniciaba relaciones con Arabella y pienso que ella fue la razón para tomar la decisión que tomé. Nunca me he arrepentido de eso, solo he pensado en cómo sería mi vida ahora si hubiera aceptado. Y no me arrepiento porque con la academia me ha ido bien.
En esos días salí definitivamente de flota y con parte de la liquidación puse en marcha un proyecto que venia planificando hacia buen tiempo, montar mi propia Academia de Capacitación en Electrónica. Unos tres meses después tenía como quince alumnos cuando me llegó un telegrama de Intercor comunicándome que me presentara a las escuelas de entrenamiento vía a Puerto Colombia. Ya estaba embarcado con la Academia y de rabia no atendí ese llamado. Unos tres meses después me enviaron otro telegrama en que me pedían me presentara a la oficina de personal. Tampoco lo atendí ¿A quién le dejaba el negocio de la academia? ¿Cómo les respondería a esos alumnos? No sé si mis argumentos eran válidos pero en ese momento pensaba así. Como un mes después llegó otro telegrama y me dije: voy a presentarme para ver cuál es el cuento. Para sorpresa mía el telegrama decía que mi cargo ya lo habían adjudicado a otro postulante, que gracias. Realmente no sé si perdí la oportunidad de mi vida. Años después hablé con un amigo que sí fue y que ya estaba a punto de jubilarse. Eso me hizo pensar en lo que había decidido en aquella ocasión. En ese momento iniciaba relaciones con Arabella y pienso que ella fue la razón para tomar la decisión que tomé. Nunca me he arrepentido de eso, solo he pensado en cómo sería mi vida ahora si hubiera aceptado. Y no me arrepiento porque con la academia me ha ido bien.
Capítulo 9
La comida y yo.
Ya he comentado que yo he pasado mucha hambre, pero como dice el refrán: “en camino largo hay desquite”. Y a fe que yo me he desquitado, por eso voy a comentar ahora sobre esos momentos opíparos que he vivido. Ya comenté sobre mis comilonas en Severá y cuando servía de ayudante de cocina en la Anexa. Pues bien, al lado de la casa en el Barrio Obrero vendían leche de cántaro y yo acompañaba al vecino a buscar la leche todas las mañanas, eso ocurrió por largo tiempo. Yo tomaba tanta leche en el corral que con cualquier sacudida o brinquito del carro a mí se me salía la leche por entre los labios. El chofer sabía esto y siempre se metía por algún hueco a propósito.
Por allá en 1.960 se puso de moda, o fue cuando yo escuché por primera vez, la carne a la llanera. Así que cuando veníamos de Montelíbano de censar, arrimamos a una fonda y me he comido tres carnes a la llanera con sus respectivos patacones, yucas y suero atolla buey; por supuesto que causé el estupor de los presentes. También recuerdo la competencia de mazamorra de nutricia. Yo supongo que mamá debió sufrir mucho viendo tan hambrientos a sus hijos, sobretodo porque ella venía del campo donde en esa época nunca faltaba la comida porque siempre había algo que cocinar. Por lo que pienso que ella nunca vivió esa situación. Pero creo que nosotros nos pasábamos de calidad. De manera que un día mamá decidió castigarnos; no fue que nos quitó la comida porque eso hubiera sido un pecado, imagínese, quitarle un bocado a un hambriento; sino todo lo contrario, quiso darnos tanta comida hasta que reventáramos, y eso fue una mayúscula inocentada. Nosotros le seguimos la corriente y aprovechamos para apostar al que tomara más platos de mazamorra de nutricia. Mamá en su santa ira seguía repitiendo platos, ya todos pasábamos de tres y si mal no recuerdo, Eduardo llevaba siete y se ha levantado de la mesa diciendo que iba al baño a...Y bueno, regresaba. Hasta ahí llegó la apuesta porque a mamá eso sí que la molestó y nos levantó a cocotazos.
Trabajando para Inmar me llevé al mensajero de ayudante para un trabajo en un buque de la flota mercante Grancolombiana. Fuimos a la cocina de oficiales a tomar un refrigerio y encontramos una bandeja como de 50 X 40 cm llena de pedacitos de queso europeo, creo que unos dos o tres kilos. El mensajero se comió como unos diez pedacitos y yo me comí el resto; eran como las once de la mañana. Quedé tan harto que me fui y regresé al día siguiente.
En un diciembre y trabajando para la Flota Mercante fui con el jefe a Santa Marta a arreglar el radar del buque Ciudad de Cuenca que la flota había vendido. La tripulación hizo una comida de despedida sobre la cubierta e invitó al alcalde y algunos funcionarios de la ciudad.
De entrada me comí nueve pastelitos de carne ecuatorianos y tomé tres cervezas Heiniken. Como a las 10 AM empezaron a repartir carnes asadas. Ya me había tomado siete cervezas y estaba “cogido”, por lo que apenas pude comerme 3 carnes. Que pesar me dio ver tanta carne, dos latas de aceite llenas. La gente ya no quería ni verla después de que se peleaban en la fila para que le sirvieran de primero pensando que no alcanzarían. Esa carne había que tirarla al mar.
En otra ocasión y a raíz de una despedida de año, los socios de Apelecta, una asociación de electrónicos, cancelamos en un restaurante una ceremonia que incluía una comida para cada uno de los 30 socios y una pipona de aguardiente para cada 4. Primero comimos. Yo pedí una bandeja de carne, el vecino de mesa, el 20 tesorero, pidió bandeja de pollo y el de la derecha, el secretario, una de carne. Mis dos vecinos preocupados por los informes que debían rendir apenas si probaron sus comidas que fueron a parar a mi plato. Siete socios no fueron y como esa comida ya estaba paga, pedí dos bandejas más de carne. Todos murmuraban en la mesa. Me paré y les dije: pueden tomarse todo el trago que yo no paso ni uno.
Mi familia y yo solíamos ir a casa de mi hermano Eduardo a pasarnos el día. Allá tomábamos, comíamos, bailábamos y pasábamos chévere. Mi hermano sabía que yo hartaba comida como un boga, como decía mi mamá. Así que un día hizo una apuesta con unos compañeros de trabajo: que yo me comería determinados platos de arroz con pollo. Cuando yo llegué acababan de sentarse a la mesa, yo desconocía lo de la apuesta. Sí noté que el plato mío tenía mucho más que los demás, pero bueno ¡qué caray! Mi cuñada Isabel cocina bien pero ese día algo pasó y la comida no me gustó mucho, aunque me comí todo. Isabel me preguntó si quería más, yo dije que no y los amigos de Eduardo todos rieron. Fue cuando me enteré de la apuesta. Ahora que si él me dice, yo hubiera hecho el esfuerzo, seguro que sí.
Una vez comprando bocachicos en el barrio, comenté a un amigo y vecino que de esos me comía yo como diez. El tipo me dijo: hombe, Movi, no le puedo creer ¿Usted come así? Le respondí, seguro. Bueno, un día de estos lo voy a invitar a mi casa.
Pues sí señor. Pasado algún tiempo mi amigo, me invitó a su casa a comer. Por supuesto que yo me moría de la pena con su mujer y sus hijos, pero que va, no me morí y me comí tres bocahicos. Suspendí porque me incomodaban las miradas de la señora y los niños, más que todo por los madrazos mentales de esas miradas. Mi amigo no salía de su asombro.
Cuando trabajaba como instructor en el Itea (Instituto Técnico Electrónico del Atlántico) comía donde los chinos por las noches, la misma comida todos los días durante una semana, así repasaba el menú: chou mey, arroz con pollo, arroz con carne, arroz con chipichipi, arroz con camarones, arroz a la valenciana, etc. Pero recuerdo especialmente la crema de tomate, un plato sopero de crema bien espesa y que era el plato más barato. Primero iba a una panadería al lado y compraba dos panes de sal que median como 40 cm. de largo y unas tres pulgadas de diámetro. Por favor, pártalos por la mitad para que no se vean. Eran dos o tres platos y mis dos panes. De ahí iba a la calle 30 por un vaso de peto y dos mangos para antes de acostarme.
De estos episodios hay más, como una vez que entré con un amigo al restaurante el Bunde Tolimenses frente a la gobernación del Atlántico. Mi amigo tenía unas órdenes de almuerzo que le regaló su hermano que trabajaba en Avianca. Él pidió lo suyo y yo una carne asada. Terminaba yo mi carne cuando pasó el mesero con una bandeja hermosa: un bocachico grande con dos huevos cocidos y partidos por la mitad encima.
Pregunté a mi amigo si tenía más órdenes y me dio otra. Llamé al mesero: tráigame esa misma bandeja pero abajo me pone un cucayo (pegao) El tipo me cumplió, aunque no sé si quiso mamarme gallo y hacerme pasar pena (?) Sobre la bandeja venia una torta de cucayo como de 40 cm de diámetro ¡madre mía, que vaina tan grande! El cuento es que las personas que estaban en las demás chozas volteaban para ver. Las mujeres quedaban con la boca abierta y algunos hombres sonreían. La verdad es que me dio pena, pero aun así me comí todo.
En una ocasión hice un trabajo a un tipo que comerciaba con mariscos y me pagó con cuatro kilos de chipichipi. Al día siguiente dije a mi suegra: “mamá Ana, hágase un arroz de chipichipi, pero suficiente arroz y póngale chipichipi, voy a invitar a mi hermano” Todavía no tenía hijos. A mi suegra como que le molestó algo, porque utilizó un caldero como de 10 libras y le echó todo el chipichipi. Eso tenía una proporción como de cuatro chipichipis por cada grano de arroz ¡Barbaridad!
Mi hermano Eduardo no fue. He comido arroz con chipichipi el domingo al medio día y en la noche, el lunes en desayuno, almuerzo y comida, el martes lo mismo pero con algo de salsa de tomate y el miércoles también pero hasta el medio día porque ya estaba babosito y un poco agrio. En fin, dos platos en cada turno para poder acabarlo.
Bueno remato este comentario de las comidas y el hambre diciendo que en ese sentido como que soy sui géneris. Si yo estoy ocupado y por eso no puedo comer, no me importa, eso no me preocupa. Ahora si no puedo comer porque no tengo con qué si me preocupa, no por mí, sino por los que dependen de mí. Una vez, ya con familia, nos acostamos sin comer y mi esposa lloró desde las 9 PM hasta la mañana siguiente. Pasar un día sin comer porque no hay es difícil. Pero cuando hay que comer se come. Por eso el pecado mío es sentarme a comer, ahí me las cobro. A propósito de este tema, yo pregunto: ¿Si la gula es un pecado de uno, de quien es el pecado del hambre?
Que satisfactorio es poder complacer el capricho o deseo de alguien. A mi hija Eira cuando tenía 9 o 10 años le mandé servir un pollo entero en el restaurante “Mi Vaquita”. Lucila y yo pedimos nuestras comidas aparte. Pues Eira se comió el pollo. Vaya si come esa muchachita ¿A quién habrá salido así?
Capítulo 10
Mis Hermanos
Hoy quiero hablar de mis hermanos, sobre la visión que tengo de cada uno de ellos.
Alberto.
Mi hermano mayor. En la época de mi infancia no tengo recuerdos de él. Ya en mi adolescencia aparece mi hermano, pero de verdad son pocos los recuerdos. Por ejemplo, cuando iba a visitarlo en casa de mi tía Gertrudis por los lados del puente de Montería. Pero más que recuerdos de él son los de esa casa que me parecía muy rara, como una ciénaga rodeadas de piezas. También tengo recuerdos de él cuando trabajaba en la desmotadora de algodón por los lados del hospital, pero recuerdo más las montañas de algodón, de cómo la máquina empacadora arrojaba las pacas que él se apresuraba a ordenar y marcar. Eduardo y yo lo acompañábamos y desde entonces sé cuan larga son las horas de la madrugada en un desvelo.
Mi hermano Alberto se desapareció pero nos dejó un reemplazo, su hijo y hermano nuestro, Eduardito. Cuando apareció, 20 o 25 años después, vi que era el mismo, no cambió nada. Sus poses y su rostro muestran dulzura, serenidad, paz. Pienso que mi hermano hubiera sido un sacerdote o pastor con mucho carisma.
Lelis.
Mi segundo hermano, el negro más simpático que ha existido. Sí, yo tengo muchos recuerdos de él. De su niñez sé de sus peripecias como alumno del profesor “Mocho Diego” y comentadas por él; de sus trabajos iniciales en una tipografía, su incursión por el DAS, sus traslados a diferentes ciudades del país, de cuando perdió la oportunidad de hacerse rico con aquel contrabando de café, de sus noviazgos, de sus amistades y juegos de adolescente, de sus logros en el periodismo. También sé de sus penas y desventuras que él nunca ha dicho pero que todos sus hermanos sabemos.
En fin, es grande mi gratitud por todo lo que ha hecho por nuestra familia en los momentos precisos. Es inmensa mi admiración por los logros que ha alcanzado con su persona e intelecto. Tu Dios te bendiga hermano y te dé tiempo para nuevos logros.
Eduardo.
Yo soy tu hermano “gemelo” y sin embargo cuánto me desconciertas a veces.
Pasamos mucho tiempo juntos, en mi niñez y en mi adolescencia; juegos, cines y trabajo compartimos muchas veces. Vendíamos lotería, recogíamos algodón, etc. Tu siempre cobrabas y... ¡cómo me tumbabas! Bueno, pero me llevabas mucho a cine, incluyendo guarapo y carimañolas.
En mi juventud nos separamos, tú iniciando el trabajo de maestro y yo mis estudios de electrónica. Luego al inicio de nuestras vidas matrimoniales volvimos a reunirnos; visitas familiares, comidas, tragos, trabajos de casa compartidos, paseos. Extrañamente otra vez nos aislamos.
Conseguiste una mujer que era como tu media naranja, por lo que yo los llamé “solos contra el mundo” porque nunca tenían vecinos ni dejaban jugar a sus hijos con los niños del barrio.
Eras para mí como un héroe y siempre trataba de imitarte. Por eso me esforzaba por leer de todo. Me “tragué” muchas obras de literatura, libros de todos los grados de enseñanza media -muchos de los cuales tú me regalaste- para mejorar mi precaria cultura y poder así sostenerte una conversación.
Mi hermano Eduardo es servicial, buen amigo, recto pero no conoce diferencia entre disgusto y ofensa. Envilece su alma con el rencor que nunca se le quita. Odia tanto cuando algo lo ofende que se olvida de tomar decisiones oportunas. Sufre mucho por las desventuras propias y ajenas pero nunca dice nada. Admiro mucho su orgullo y su espíritu de superación. Lástima que no superara también sus gustos musicales.
Eira.
Nunca he agradecido lo suficiente tus sacrificios para llevarme a estudiar electrónica en Cartagena.
Tus recuerdos en mi niñez se han desvanecidos pero permanecen dos muy significativos. En uno te veo de espalda contra el piso entre la cocina y el primer cuarto de la casa del callejón, un sagrado pie sobre tu garganta y tus entrecortadas palabras: ¡mátame, mátame! Ojalá supiera el porqué de ese episodio.
Échale un vistazo a tu nieta de tres años, María José. Ese mismo halo de cabellos parados los tenías tú el día que corrías desde la esquina de la casa de Pedro Vega después de haber roto el vidrio de un carro, solo que los tuyos iban más parados por el susto ¿Hermana, que hacías tú ahí tirando piedras?
Admiré mucho la unión de mi hermana Eira con Eduardo en sus años de estudiantes, cuánta alegría llevaron a la casa con sus amistades. También supe de tus sufrimientos, pero sé que las personas como tú, abnegadas y perseverantes, algún día tendrán recompensas.
Jerónimo.
Hermano, tú tienes los ojitos de color creo que de tantas lágrimas revueltas con moco; cómo llorabas y cuántos regaños me llevé porque no te callabas. Yo tengo el bíceps derecho más desarrollado que el izquierdo, creo que de tanto mecerte.
Eras un niño soberbio y de pocas pulgas. Aún recuerdo la mina del lápiz en mi pecho, por mamarte gallo. También recuerdo que me delataste cuando el asunto aquel de la gonorrea colectiva en el barrio, por estar siguiendo los pasos de María Casquito, cuando todavía no tenías edad. Perdí tu rastro hasta que supe que estabas en Bogotá y te habías convertido.
Tampoco aparece mi hermano Jero en mi juventud, luego ya en Barranquilla vuelve a aparecer. Lo noto muy severo, muy desconfiado y parece estar siempre a la defensiva. Tiene muchos gestos que he visto en Lelis cuando habla y gesticula, sobre todo cuando quiere contradecir.
Carmelo.
¡Ay, Carmelito! Mi caro hermano, “la gorda chui chui”. Tan glotón cuando niño para ahora joder tanto con la comida. Qué es eso de comer siempre a las doce de la noche el bocao de...bueno es tu problema, pero yo prefiero comer a cualquier hora.
Mi hermano Carmelo, como quisiera cambiar tantas cosas en ti, por ejemplo que no tuvieras tanta experiencia, que supieras menos de lo que sabes y que delegaras menos. Convencerte que en nuestro tiempo y medio, servir a la comunidad es hacerse cargo de sus problemas para que otros pendejos, o más bien vivos, disfruten de los peligrosos logros.
Ser Movilla es ser terco, pero este hermano se pasa de calidad y al igual que Eduardo, ladra mucho. Si mi hermano Carmelo escuchara un poco y atendiera en algo lo que se le sugiere estaría muy bien. Tiene poca fuerza de voluntad para comprometerse, prefiere ver sus propios toros desde la barrera.
Felicia.
Mi hermana Fela, hubiese preferido que la naturaleza te quitara un buen pedazo de tu grande corazón y te lo hubiera agregado en estatura, pues a pesar de tener tan grande tu corazón y de haber repartido tanto amor, ternura, dulzura en todos aquellos que te conocen, creo que no haz recibido lo mismo en la misma proporción. Solo basta ver tus ojos para saber la nobleza de tu persona. Tu Dios te guarde hermana y nunca olvides, “a Dios lo que es de él y a ti lo que es tuyo”
Luis.
Mi hermano Lucho. En esas competencias raras que hacíamos cuando estábamos reunidos en casa, recuerdo la de la aguja. Todos alrededor de mamá que no podía ensartar una aguja. “A ver quién la ensarta en menos tiempo”. Y Lucho, a pesar de sus ojos saltarines, lo hizo en menos tiempo. Luego te recuerdo en Cartagena en los inicios de tu conversión leyendo la Biblia al medio día y a pleno sol.
Mi hermano Lucho parece ser una persona muy impulsiva y al contrario de los otros, muy rápido para tomar decisiones y luego arrepentirse. Qué es eso de dar una limosna a un mendigo y luego correr a quitársela porque le dijeron que el tipo pedía para tomar ron.
Un día se presentó mi hermano como un árabe lleno de alfombras, tapetes y artesanías varias y hablamos de exponerlos en el paseo de Bolívar y al día siguiente ya los estaba vendiendo en Cartagena.
Rubén.
Quisiera tener tinta invisible para escribir estas líneas.
¿Recuerdas cuando en Cartagena ibas leyendo todos los avisos de la calle? Yo te pregunté si ya sabias leer y muy orgulloso y sonriente me contestaste que sí. Recuerdo como te gustaba practicar boxeo conmigo en Barranquilla.
Tu desorden juvenil, tu espíritu callejero, la simpatía que irradiabas fue mucho para mi esposa y mi suegra y para evitar un disgusto con ellas, te devolví a Cartagena. Nunca pensé que eso ofendiera tanto a mamá. Yo solo pensé que te ibas y en otra ocasión regresarías, pero jamás me hubiera imaginado un jamás. Tu Dios te tenga en su santo reino.
María Bernarda-
Mamá siempre supo que tú eras la última y por eso gozaste mucho de algo que los demás no pudimos por falta de tiempo: el pechiche de mamá. Siempre te recuerdo junto a ella como si hubieras sido la única. No sé cómo creciste ni cómo te hiciste una mujercita, pero nunca olvidé que tenía una hermana menor llamada María Bernarda.
Hermanita mía, todos te queremos y nadie nunca te ha desconocido ni mucho menos olvidado.
Eduardito.
Un recuerdo característico que tengo de ti es verte una risa permanente que mostraba todos los dientes, los ojos muy brillantes como bañados en lágrimas y tus gestos mamándole gallo a alguien para después correr a refugiarte con mamá.
Recuerdo tu pea y vomitada mayúscula en Barranquilla. A pesar de esa embarrada que te diste, la hija de mi comadre te recordaba. Hermano, llegaste a ocupar un puesto por herencia y te quedaste como nuestro hermano.
Quiero dejar un mensaje a todos mis hermanos.
Dos seres que se amaban decidieron traernos al mundo para tener una familia y así una descendencia, como todas las demás familias. Muchas cosas nos enseñaron pero una en particular nos marcó a todos y estoy seguro que cada uno, alguna vez, lo ha comprobado para bien o para mal: la honestidad. Todos somos orgullosos y sentimentales. Pero a veces mezclamos estos sentimientos y quedamos muy ofendidos.
Yo nunca he visto en mi familia algo grave ni de palabras ni de hechos. Solo cosas que una pregunta y una explicación pueden dar satisfacción. Pero generalmente no hacemos la pregunta y por lo tanto nunca habrá explicaciones. Yo he presenciado peleas en otras familias con palabras que nosotros nunca lanzaríamos a otro hermano y acciones que jamás haríamos. Sin embargo, en esas familias basta con otra fecha que los aglutine para darse cuenta que todo lo olvidaron. Por supuesto, nunca deberíamos llegar a esos extremos, pero si debemos intentar hacer la pregunta precisa y dar la explicación adecuada. ¿Qué fácil, verdad? ¡Intentémoslo!
Dedicatoria
Dedico este libro a mi mamá, a mi familia, a mis nietos, a mis hermanos y sobrinos.
A Lucila, que a pesar de la incomprensión y de los problemas me ha soportado.
A Eira, mi querida hija. Siempre ha soportado mis bromas y festejado mis chistes aunque sean malos.
A Carlos. No pienses que no te quiero, yo te amo mucho y la prueba es que todavía estás en la casa, pareces bombril. Cuando te hiciste un hombrecito cambiaste mucho y voluntariamente te aislaste. Las pocas veces que hablamos siempre te veo incómodo al hablarme y prevenido cuando me escuchas ¿Te acuerdas cuando
jugábamos al boxeo?
A Rosiris, quien a veces me regala una sonrisa desde su lejano mundo.
A mi hijo Leonardo, por quien he hecho este trabajo, para que sepa más de mí y para compensar en algo mi ausencia en su vida cotidiana.
A mis nietos, que llegaron justo en el momento en que mi alma vacía necesitaba de afecto. Cuánta felicidad me han dado.
A mis hermanos. Muchas cosas que he comentado, ellos las han vivido y las hemos charlado cientos de veces, pero si en algún párrafo evocaron un recuerdo o esbozaron una sonrisa, me daré por satisfecho.
A mis sobrinos todos, gracias si me han leído y si no... ¡Léanme oye!
A X, porque así estabas representada en ese dije antes de nacer. No te tengo pero te amaré toda mi vida.
A Arabella, gracias por tus ratos de felicidad y de amor que me brindaste.
Fin
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